29 de enero de 2017

Yo, neurocientífico. Pt. 1.

El 20 de abril de 1999* llegué en la mañana, como todas las mañanas, a mis clases en la prepa. Muy grande fue mi sorpresa (y la de muchos otros de los que estudiábamos en esa escuela) cuando la encontramos cerrada, ocupada por otros estudiantes. Sobre las rejas de la entrada colgaban banderas rojinegras que, aprendí en ese momento, anunciaban huelga. No es que no supiéramos que había conflicto en la universidad, ni que fuera una novedad que existía la intención de cerrar la escuela; habían grupos de estudiantes que llevaban semanas anunciándolo, incluso haciendo votaciones salón por salón. Simplemente creo que no pensamos que las cosas iban, de hecho, a llegar tan lejos. “Esto no dura más de tres semanas” nos decía, confiada, la maestra de Historia.

Diez meses más tarde entraba la Federal a todos los planteles de la universidad, desbaratando un movimiento desgastadísimo, con ya escasa credibilidad y mucha menor utilidad. Para entonces yo ya había pasado de quinto (segundo) año a sexto (tercero), y había decidido entrar al área de carreras físico-matemáticas. ¿Mi idea? Estudiar física, materia que se me facilitó mucho en secundaria. ¿El problema? Dos, en realidad. El primero era que nunca tuve vocación para la física, ni facilidad ninguna para las matemáticas. Vaya, aprobé todas las matemáticas del bachillerato en extraordinarios. Ninguna, a la primera.

El segundo problema fue mi adolescencia. Cuando terminó la huelga seguía viviendo en mí un fervor activista y bastante irracional que se sentía traicionado y herido por cómo terminó todo. Veía el retorno a las actividades normales como una traición a la ideología y el movimiento. Nos dieron a todos suficientes oportunidades para regularizar nuestras situaciones académicas (el año escolar terminó siendo un caos). Simplemente no me dio la gana hacerlo. Le fui estúpidamente fiel a un movimiento del cual fui una parte muy breve y marginal y que, en los hechos, había dejado de existir. Me cambié del área de las físico-matemáticas a la de las químico-biológicas y de la salud, llevándome a mi nuevo grupo el mismo inexistente entusiasmo por el estudio.

Por supuesto que perdí el año. Y no sólo el año, también el “pase reglamentado” a Ciudad Universitaria. Mis amigos se graduaron y se fueron. Mi entonces novia también; entró a la Facultad de Psicología. Su mundo cambió: se volvió interesante, nuevo, conoció gente... No había ya nada que yo, atorado en la preparatoria, solo y triste, pudiera ofrecerle. Un par de meses después de que ella entró a la facultad, terminamos. Fue mi primer ruptura, y me deshizo. Sentí un dolor y una desolación que no conocía. Y, por supuesto, no supe cómo manejarlo. Fue ahí donde empecé a perder el segundo año.

***
Uno de mis amigos tenía una hermana, mayor que él. En alguna plática me contó que ella era psicóloga, y me dio una somera descripción de lo que hacía profesionalmente. Quedé fascinado. Decidí que esa iba a ser mi profesión, y cambié de área. Padecí la mayor parte de mis clases, excepto Psicología y Biología. En Psicología, recuerdo muy bien que hubieron dos temas que atraparon todo mi interés: psicoanálisis y sistema nervioso. Estaba hondamente impresionado con la sencillez pero enorme poder explicativo de la teoría topográfica freudiana. El inconsciente, el preconsciente y el consciente. El ello, el yo y el superyó. Era el complemento perfecto a la ideología de Erich Fromm a la que, desde entonces, le tenía ya gran entusiasmo y admiración. Con respecto al sistema nervioso, sentí también mucha admiración y gusto por su complejidad y estructura. Cómo es una neurona, qué más hay aparte del cerebro, el famoso modelo de “llave-cerradura” de los complejos neurotransmisor-receptor...

Me recuerdo yendo a la Biblioteca Central a fotocopiar todo un libro general sobre Psicología. El Davidoff. Se volvió mi libro favorito. También me recuerdo abordando a la profesora de Psicología después de las clases, sólo para comentar los puntos que me parecían más interesantes tanto del psicoanálisis como del sistema nervioso. Bendita mujer, que me tuvo una paciencia gigantesca. Con los años llegó a ser la directora del plantel.

Eventualmente, logré terminar todas las materias del bachillerato, e hice el examen para ingresar a Ciudad Universitaria. Todavía me da orgullo presumir que el puntaje que logré en ese examen superó con holgura el mínimo requerido para cualquiera de las carreras de mayor demanda. De los más de tres mil solicitantes, yo me quedé con uno de los setenta y tantos lugares que se ofrecieron para la Facultad de Psicología. En septiembre de 2002 empecé el primer semestre.

_________________________________________________________________________

* Cosas curiosas de la historia: el mismo día en el que nosotros estábamos desconcertados por la toma de nuestra escuela, en Estados Unidos dos chamacos de más o menos nuestra misma edad, que escuchaban la misma música que nosotros escuchábamos, entraron a su propia escuela, armados hasta los dientes, e hicieron lo que ahora se conoce como la Masacre de Columbine. Recuerdo que la noticia fue un tanto marginal en el noticiario de la noche, porque la gran noticia era la recién comenzada huelga en la UNAM.

13 de diciembre de 2016

Mi dos mil cinco

Hace once años llegué a esta colonia, con no muchas más cosas de las que cabían en una caja de huevo. Huía no sólo de la disciplina del hogar materno, sino también de la enorme distancia que recorría diario para llegar a la universidad. Era un estudiante de cuarto o quinto semestre, que gastaba casi todo su tiempo libre en un laboratorio de neurociencias. "Laboratorio de neurobiología del aprendizaje y la memoria". Un día debería de escribir sobre cuáles eran entonces las ideas dominantes de cómo las células del cerebro guardan información.

Mis amigos me dieron la oportunidad de vivir en el tercer cuarto del departamento que ellos rentaban con sus becas de posgrado. Era un cuarto chiquito. Apenas cabía una cama matrimonial que, dicho sea de paso, me prestó una amiga en común. Esta amiga era la estudiante de doctorado más avanzada del laboratorio, y la seguíamos y obedecíamos como si fuera la abeja reina. Pero esa es otra historia. Yo cobraba como ayudante de Investigador Nacional Nivel III del SNI, dinero del que les daba una cantidad simbólica a mis amigos por vivir con ellos.

Mis amigos, y también roomies, ocupaban los otros dos cuartos del departamento. El mayor de mis amigos, quien se había encargado de hallar el departamento y firmar el contrato, era como nuestro hermano mayor. Biólogo de formación, era una persona absolutamente pragmática. Muy alto, delgado, bonachón hasta en su andar. No se complicaba la vida, o eso intentaba. Siempre racionalizando lo que sentía. Siempre queriendo hacer lo que suponía que era lo más eficiente. Siempre mesurado en sus dichos y acciones, excepto cuando comía: sus comilonas eran épicas. Hacía ruidos bastante curiosos con la nariz. He conocido muy pocas personas tan generosas y afables como él, en todos mis años de vida. Él ocupaba el cuarto más grande: un cuarto con una de las paredes cubierta de espejos. Solíamos fantasear sobre las manías sexuales de los inquilinos anteriores.

Mi otro amigo-roomie era un caso especial. Médico, colombiano, bastante narcisista, pero esencialmente buena persona. Era simpático y ocurrente. Aficionado al cine, tenía en su cuarto un colchón en el piso, y pilas de DVDs por todas partes como único mobiliario. Amaba los chunches tecnológicos y, como era de esperarse para la época, era un gran fanático de los productos Apple. Quizá conserve aún su iPod primera generación. Solía molestarlo mucho por estar tan centrado en sí mismo. Su mamá le hablaba regularmente por teléfono al laboratorio. Su cuarto estaba pintado de rosa (cosa de los ocupantes anteriores), y era apenas un poco más grande que el mío.

En la cocina teníamos una parrilla de gas de cuatro quemadores, y un refrigerador demasiado pequeño para los tres. No era raro que la mitad de su contenido estuviera ya echado a perder. Teníamos por alacena un carrito de tres entrepaños, atiborrado de conservas y comida instantánea. Y un horno de microondas, arriba del refrigerador.

La estancia la teníamos ocupada con una sala verde de segunda mano, una mesa de plástico, de esas blancas de jardín, y dos sillas de madera. Cuando yo llegué aporté al mobiliario de la sala otra mesa de plástico (más pequeña), con mi computadora de escritorio sobre ella. Una Compaq Presario 5000, lentísima, que aún conservo. La sala fue regalo de la técnica del laboratorio, que les "donó" a mis amigos los sillones verdes cuando ella compró muebles nuevos para su casa.

El baño era pequeño, pero no tanto como para impedir al dueño instalar un jacuzzi donde normalmente sólo hay una regadera. Jamás usamos el jacuzzi. Prenderlo, invariablemente, botaba los interruptores de los fusibles. Además de que el agua siempre ha sido problema aquí.

Así era el lugar donde pasé algunos de los mejores años de mi vida. Siempre que pienso en momentos felices, procuro volver a ese departamento de paredes verdes y muebles de regalo. Y a mis amigos, con quienes podía comentar los sucesos del día, noche tras noche.

Sigo viviendo en la misma colonia, en un departamento diferente, con muebles nuevos, y con todas las comodidades que hace once años no podía pagarme. Y también, mucho más solo y aburrido.

11 de abril de 2015

Prueba de Ji Cuadrada para independencia en una encuesta boba hecha en Twitter

Antes que nada, entiendo que los reactivos no fueron quizá los más adecuados, que pude haber especificado más de dos niveles en cada una de las variables, y que la muestra no es ni remotamente aleatoria.

Básicamente quería contar con datos reales (no inventados) sobre dos variables categóricas para ejemplificar el uso de la prueba ji-cuadrada para independencia. Elegí una matriz de 2x2 para ejemplificar también la corrección por continuidad.

Se me ocurrió explorar si el hecho de que nos caigan bien los alemanes/Alemania se relaciona con nuestro juicio de que las exigencias de indemnización hechas por Grecia son justas.

Estadísticamente, si usted no sabe muy bien de qué hablo...

Explicación estadística

Una variable categórica es cuando asignamos cada caso, u observación, en una categoría (o clasificación) de varias posibles, pero sólo en una. Por ejemplo, el lugar de residencia: uno vive en cualquiera de los estados del país. O municipios del estado, o delegaciones si es el DF, etc. El otro ejemplo frecuente, el sexo: hombre o mujer (SÓLO es un ejemplo, no se altere nadie). Una variable categórica, o nominal, puede variar en dos niveles (hombre o mujer, águila o sol, sí o no, muerto o vivo, etc.), en tres o en más (entidad de la república donde se vive: 32 niveles. O marca de refresco: Coca-Cola, Pepsi, Big Cola, Nuke-Cola: 4 niveles, etc.).

Si tenemos dos variables categóricas, puede ser que ambas estén variando juntas. Es decir, que la variación de una esté relacionada con la variación de la otra. O no: que ambas varíen de forma independiente una de la otra. Por ejemplo, supongamos que queremos saber si el hecho de ser o no foreveralone está relacionado con si usamos Twitter o no. Tenemos dos variables: foreveralonez y uso de Twitter. Ambas varían de forma dicotómica: sí o no (podemos evaluarlas para incrementar los niveles, pero esa es otra historia). Pero puede ser que el hecho de usar Twitter no tenga nada que ver con nuestra condición de foreveralone (y viceversa). Otro ejemplo: podríamos querer evaluar si vivir en Puebla, el EdoMex, el DF o Morelos se relaciona con nuestro odio por PRI, PAN o PRD (suponiendo que se puede odiar mucho sólo a uno de los tres). Encuestamos personas de todos los estados antes mencionados (eligiendo a los encuestados mediante métodos que garanticen la equivalencia inter-sujetos), y analizamos si vivir en uno u otro estado está relacionado con odiar más al PRI, PAN o PRD.

Ahora, para saber si la probabilidad de que las variables varíen (jojo) juntas es menor a lo esperado por puro azar, usamos un método estadístico llamado Prueba Ji Cuadrada. Sin entrar en mucho detalle, dicha prueba compara la frecuencia de casos por categoría contra la frecuencia de los casos si éstos ocurrieran con proporciones estables, independientes de las categorías. Es decir, evalúa si las variables están relacionadas o no, analizando la probabilidad de que puedan variar juntas por puro azar. La prueba intenta demostrar que las dos variables son independientes (hipótesis nula, o H0).

Dicho lo anterior...

RESULTADOS

Con un total de 21 respuestas computables (n=21) , estos son los resultados.

Tabla de contingencia
                                                 LA DEMANDA ES JUSTA
                                           SÍ                                  NO
SIMPATÍA     SÍ               4                                       11
CON
ALEMANIA   NO             3                                       3

Es decir, hubieron 4 encuestados que se perciben como simpatizantes de Alemania, y creen que la exigencia es justa, 11 que simpatizan con Alemania y creen que las exigencias no son justas, y así sucesivamente.
En la siguiente imagen pongo el conteo crudo, la tabla de contingencia, y el cálculo manual de la prueba ji Cuadrada.  Nótese que también están calculadas las frecuencias marginales (la suma de frecuencias por fila y columna, marcadas como M1 y M2).



La fórmula que está hasta arriba es con lo que se calcula la Ji Cuadrada (X^2): frecuencias observadas menos esperadas, al cuadrado, sobre esperadas. Se calcula para cada casilla. Al final, se suman todas las probabilidades.

Ahora,  la prueba compara el valor obtenido (X^2 OBT) contra la probabilidad crítica establecida en la distribución Ji Cuadrada, para k grados de libertad y varios niveles de significancia (otra vez, sin entrar en mucho detalle: grados de libertad son los datos que "permitimos" que varíen libremente, mientras que el nivel de significancia es la probabilidad más allá de la cual no estamos dispuestos a aceptar que las cosas pasan por puro azar. En ciencias de la conducta, solemos establecerla en 5 casos de cada 100, o 0.05). los grados de libertad se calculan como número de columnas menos 1 por número de filas menos 1: (c-1)(f-1).

Sin embargo, cuando los grados de libertad son iguales a 1 (como en el caso de este ejemplo, y cualquiera que sea una tabla de contingencia 2X2), o las frecuencias observadas en alguna casilla son menores a 5, la probabilidad calculada por la prueba tiende a ser errónea (por razones que es largo explicar). Para corregir ese error, se usa la "corrección por continuidad", o corrección de Yates. Consiste en restar 0.5 al valor absoluto de la diferencia entre frecuencias observada y esperada. Y nuestro ejemplo cumple las dos condiciones para aplicar la corrección de Yates.

Además, dado que Ji Cuadrada calcula la discrepancia entre una muestra empírica y una muestra teórica, es necesario conocer las frecuencias esperadas. Como eso no se conoce, se estima a partir de los marginales: se asume que la frecuencias esperadas serían aquellas que sigan las proporciones de los datos acumulados para filas y columnas.

Con la prueba corregida, el valor de Ji Cuadrada obtenida es de 0.262.

Por lo tanto, la probabilidad crítica (X^2 CRIT) para gl=1 grados de libertad, y un nivel de significancia α=0.05 es de 3.84. Debido a que X^2 OBTes menor que X^2 CRIT, se acepta la hipótesis nula: las dos muestras SON INDEPENDIENTES.

Obtenemos exactamente los mismos resultados si los analizamos en SPSS. ¡Faltaba más! :)




INTERPRETACIÓN

La prueba nos dice que ambas variables no están relacionadas de forma significativa y, a pesar de lo que la simple inspección pudiera sugerir, no existe una relación entre considerar las demanda como justas y la sensación subjetiva de simpatía hacia los alemanes.

Es posible que incrementando el número de encuestados, la tendencia alcance significancia. Nunca lo sabremos.

FIN






6 de abril de 2015

Depresión post-vacaciones

Entre las muchas razones por las que decidí no seguir el camino "natural" del posgraduado en investigación (terminas el doctorado, te vas de postdoc, y te exilias en el extranjero o buscas una plaza de técnico, en el mejor de los casos) fue porque me niego a invertir mi energía y paciencia en temas originales, sí, pero irrelevantes.

Una de las consecuencias de imponerle a la investigación científica la lógica el mercado es que existe la ominosa presión de publicar la mayor cantidad de trabajos en el menor tiempo posible. Es decir, que un laboratorio de investigación ha de funcionar como... como, digamos, una tortería. Idealmente, entre más tortas se preparan, más tortas se venden, y mayor ganancia hay (ignorando, claro, que esa misma "lógica" es pura fantasía). Entonces, si un laboratorio saca, digamos, 10 artículos de investigación al año, es "productivo", y hace avanzar el conocimiento científico. Por lo mismo garantiza su continuo financiamiento, y el sueldo/beca de todos los que ahí trabajan. 

¿Cuál es el problema, desde mi silvestre y vulgar punto de vista? Que la investigación científica no puede seguir la dinámica del mercado. Mientras que el dinero que se gasta en ciencia casi siempre es mucho, no existe ninguna garantía de que ese dinero ayude a descubrir las preguntas fundamentales sobre cómo funciona el mundo. ¿Por qué? Porque no sabemos qué tanto nos falta para encontrar las respuestas. Por algo hacemos investigación. Para hallar respuestas. Luego entonces, ya que se agotó una nueva idea (lo cual, con tanta gente haciendo ciencia, es bastante rápido), nos vemos forzados a seguirle dando vueltas a lo mismo.

Eso tiene una consecuencia adicional. Dado que la presión para publicar (publish or perish, se sentencia con gravedad en el gremio) es constante (y a veces incluso incrementa), la disponibilidad de vías prometedoras de investigación no lo es, y muchas veces los laboratorios terminan buscando cualquier insignificante efecto qué publicar. "Hay artículos que demuestran que si varían las moléculas a, b, c, d y e de la familia de moléculas X, la conducta Z se modifica también (con una significancia marginal). Pues demostremos que la proteína f hace lo mismo". ¿La consecuencia práctica? Ninguna. ¿Es probable que esa piececita de información abone en algo a la comprensión de la naturaleza? Sí, si tenemos mucha buena voluntad. Lo importante es tener con qué justificar nuestra paga, que nos compren lo que necesitamos para trabajar, y ya en caso extremos (y no poco frecuentes) que no nos cierren el changarro por "falta de productividad".

Así es esto. Es una dinámica ridícula. Pero seguimos vendiéndole a los jóvenes la fábula del investigador que ¡oh, glorioso destino! hace la pregunta correcta, y tiene el ingenio suficiente, para revolucionar nuestra visión del mundo. Les hablamos (en neurociencias) de Hodgkin y Huxley, de Levi-Montalcini, de Ramón y Cajal, de Hubel y Wiesel, de Bliss y Lomo, de los Moser y O'Keefe, de Katz, de Adrian, de Scoville y Milner, de Kandel, como si las probabilidades estuvieran en su favor para emular a cualquiera de ellos. No lo están. Ni siquiera están a su favor para garantizar su sustento, ya no digamos su satisfacción profesional.

Por eso decidí no meterme, de nuevo, en ese juego. 

Lo simpático es que, con todo, hay algo en muchos de nosotros que nos sigue atrayendo irremediablemente a los laboratorios.


9 de septiembre de 2014

Yo, profesor, parte I

Mis primeras clases fueron malas. No sé qué tanto, pero sé que malas.

Comencé dando clases por casualidad. Estaba yo a la mitad de mi doctorado, y (contrario a muchos de mis conocidos) tenía mucho tiempo libre. Le comenté a uno de mis antiguos profesores que tenía ganas de dar clases, y me sugirió que diera algunas de las suyas para ayudarle con temas en los que él había perdido interés. Así que le planteamos el asunto al coordinador del área, quien nos dio su visto bueno. Mi primera clases frente a un grupo fue sobre biología molecular, con diapositivas, y bajo la atenta mirada de mi antiguo profesor, un académico con unos veinte años de antigüedad. No logro recordar cómo me fue. Así me habrá ido.

Poco después, el coordinador me sugirió que me hiciera cargo de todo un grupo, todo el semestre. No había contrato, ni paga, sólo una constancia al final del semestre. Por aquellos días no buscaba dedicarme a la docencia, así que acepté de muy buena gana. Yo, un estudiante de doctorado, ya dando clases en tamaña universidad. No cabía en mí de gusto.

Mis primeras clases fueron prácticas. Como quizá el lector sepa, dar clase teórica y práctica son cosas enormemente distintas. En las teóricas, el profesor puede llegar a pontificar sobre cosas de las que conoce no más que lo que sobre ellas hablan los libros. En las prácticas, por otro lado, se requiere dominar por lo menos algunas demostraciones de los temas vistos en teoría. Además, se espera que en la práctica los alumnos lleven a cabo distintos ejercicios durante el semestre, uno o dos por clase, todos relacionados al temario teórico. Por mucho, las clases prácticas son más demandantes. Y, cuando no se tiene mucha experiencia, no queda más que improvisar en más de una ocasión.

Así, llegué a caer bastante bajo. Por ejemplo alguna vez, diez minutos antes de mi clase, tomé de mi laboratorio una placa de Western blot, cerebros de rata en formol, un atlas estereotáxico y algunas otras cosas que creo que no quiero recordar, los metí en una bolsa, y me fui a la facultad. Mi clase versó sobre la importancia de las técnicas de laboratorio, di una somera explicación de cada uno de los objetos, y terminé la clase como media hora después de haberla comenzado. La clase era de hora y media, o dos horas.

Mi atuendo tampoco inspiraba mucha confianza. Recuerdo perfectamente que, en verano, no tenía problemas en presentarme al salón en huaraches, bermudas y playera. Para entonces ya no acostumbraba peinarme. 

Espero que mis primeros alumnos hayan ya olvidado mi nombre y mi facha. Espero que me desconozcan si un día me encuentran en la calle. 


9 de septiembre de 2013

La casa de la tristeza.

El camino no es precisamente accidentado, pero tampoco se podría decir que es fácilmente transitable. Hay montones de lodo y basura dispersos a ambos lados de la carretera. A nuestro lado pasan camiones de todos los tipos y tamaños imaginables, corriendo con ese frenesí por llegar a ninguna parte que los caracteriza.

Días antes cayó una tromba memorable sobre toda la zona. La gente cuenta que el nivel del agua llegaba hasta la cintura. Cientos, o quizá miles de casas perdieron muebles y aparatos eléctricos.

La última vez que estuve aquí fue hace unos tres años. Desde que dejé de vivir aquí, diez años atrás, la "modernidad" ha alcanzado a este pueblucho. Y por modernidad me refiero a la proliferación de changarros. Hay taquerías, ferreterías, mueblerías, refaccionarias automotrices, talleres mecánicos, bastantes moteles de paso (trescientos pesos la noche por la habitación más cara, según sus fachadas), recauderías, incontables tiendas de abarrotes, y hasta algunos que venden consumibles para computadoras e impresoras. La "modernidad" también abarca un par de supermercados, algunos puentes peatonales que nadie usa, herrumbrosos juegos infantiles que no parecen haber conocido nunca a ningún niño, y antiguos caminos de terracería que fueron pavimentados de cualquier forma. También hay una gasolinería, y hasta tiendas de conveniencia. Cafés internet que conviven con nopaleras. Papelerías, o farmacias, en medio de modestísimos sembradíos de maíz. Alguna antena de telefonía celular rodeada de corrales para gallinas.

Ese es el progreso que el cambio de siglo le trajo a este pueblo.

Al menos ya no son tan numerosos los cadáveres hinchados de perros, que solían encontrarse dispersos por toda la carretera.

Uno de esos antiguos caminos de terracería dan directamente a la calle principal. Damos vuelta a la izquierda, dos calles más abajo, y después a la derecha, y llegamos a la casa donde solía vivir. Es una casita de dos plantas, con dos franjas de pasto seco al frente que alguna vez fueron llamadas con optimismo "jardín frontal".Tiene rejas de hierro blancas en las ventanas. Quizá es por la suciedad acumulada en las rejas, por lo seco del pasto, por la lejanía, por lo recuerdos, pero toda la impresión que me da la casa es de muchísima tristeza. 

Abrimos la puerta, descorriendo los varios cerrojos que la falta de seguridad pública nos obligó una vez a instalar, y nos recibe un inconfundible tufo a humedad. Nuestros pies pisan una alfombra formada por el polvo acumulado de años de abandono. Todo está cubierto por una espesa capa de polvo. Las telarañas son incontables, y están en todas partes. En el centro de la planta baja, al lado de la minúscula cocina, hay unas escaleras de caracol. Al subirlas llegamos a un descanso tan pequeño, que dos personas no se hallarían cómodamente en él. A la izquierda, el baño; a la derecha, la única habitación de la casa. El baño es pequeño, como todo lo demás. El agua estancada en el retrete nos hace imaginar que debería haber toda clase de bichos de agua sucia viviendo en él. Sin embargo, no se ve ninguno.

Entramos al cuarto. Es una recámara capaz de acomodar una cama matrimonial, no más grande. En el espacio destinado a clóset metimos, hace años, un anaquel de acero que nos funcionaba como ropero. Aún está en su sitio, polvosa, nuestra vieja televisión de 21 pulgadas (de lo mejor en su tiempo), como aburrida de esperar a los espectadores que ya nunca regresaron. Las mesitas de noche siguen también ahí. Hay hasta ropa con la que nunca me volví a vestir desde el día en el que decidí irme de ahí.



19 de noviembre de 2012

Je ne regrette rien.


Recuerdo que había en un salón (llamado con bastante optimismo "laboratorio") una enorme célula, casi de tamaño natural (suponiendo que lo más natural en cuanto a tamaños es aquello que está en relación con el tamaño de un ser humano promedio), encerrada en láminas de plástico transparente. Justo afuera, un jardincito, el mejor cuidado o, quizás, el único que merecía semejante nombre.Todos sabían que, por estar relativamente apartado, era el lugar preferido por las parejitas para empezar a conocer a fondo al sexo opuesto (si había quienes entraban a explorar al mismo sexo, no supe nada nunca). 
Recuerdo una tarde lluviosa en particular. Camino sin rumbo por los pasillos de la escuela. Llevo unas cosas que solíamos llamar Walkman. Mientras camino, viendo la lluvia, siento que una vez más me enamoré de quien no debía. Ella ya tenía, supuse yo, sus ojos en alguien más. Un amor muerto antes de nacer, pues. No me preocupa que el agua que salpica de los techos me caiga encima porque, finalmente, las gotas que escurren de mi cabello disfrazan las lágrimas de mi corazón roto de chamaco. Lo curioso es que al final, un final que llegó unos días después, sí me quiso a mí.

Recuerdo a mis nuevos amigos. Recuerdo sus cabellos largos, sus uñas pintadas de negro; alguno incluso se pintaba los labios también de negro. "Ese disco lo tengo prestado, pero te traje éste. También está muy chingón". Recuerdo mis pésimas lecturas de entonces, con las que me refugiaba de un mundo del que me sentía demasiado asustado como para socializar con él. Recuerdo el olor a madera de la casa de uno de ellos, su guitarra eléctrica de segunda mano, las interminables noches jugando StarCraft en sus múltiples computadoras. Recuerdo las divertidísimas tardes de pizzas y Dungeons and Dragons en casa de otro más de ellos. Cómo ese mismo amigo rompió dos vasos de vidrio en mi casa. Nunca quise hacerles caso a sus muchas sugerencias de que a él le venían bastante mejor los vasos de plástico.

Recuerdo una noche particularmente difícil. Me veo muy asustado, vagando por los pasillos de la escuela, con una camisa enrollada en la cabeza para taparme la cara. Aún huelo el inconfundible tufo que dejan los incendios. La columna de humo. La confusión. Los gritos. El miedo. Las sirenas, los helicópteros (quizá sólo era uno, o ninguno). Veo a mi madre, quizá más asustada que yo, pasándome comida a través de los barrotes de la reja. Las "guardias" que me pusieron a hacer en medio de la oscuridad casi total. Los rumores diseñados, lo entendí mucho después, para meternos más miedo.

Aquí no hubo música. Eso fue quizá, por lo menos para mis recuerdos, lo peor.