Sobre la democracia...


¿Cómo pueden las gentes expresar “su” voluntad si no tienen voluntad ni convicción propias, si son autómatas enajenados cuyos gustos, opiniones y preferencias son manipulados por las grandes maquinarias condicionantes? En estas circunstancias, el sufragio universal se convierte en un fetiche. Si un gobierno puede demostrar que todo el mundo tiene derecho al voto, y que los votos se cuentan honradamente, es democrático. Si todo el mundo vota, pero los votos no son contados honradamente, o si el votante teme votar contra el partido que está en el poder, es antidemocrático. Sin duda es cierto que hay una diferencia grande e importante entre unas elecciones libres y unas elecciones manipuladas, pero adviértase que esa diferencia no debe llevarnos a olvidar que aún las elecciones libres no expresan necesariamente “la voluntad del pueblo”.

(...)

En una sociedad enajenada, el modo como las gentes expresan su voluntad no difiere mucho del modo como eligen las mercancías que compran. Escuchan el tamborileo de la propaganda, y los hechos significan poco en comparación con el ruido sugestivo que constantemente les martillea. En estos últimos años hemos visto cada vez más claramente cómo se determina la propaganda política por la sabiduría de los consejos de relaciones públicas. Acostumbrados a hacer que el público compre cualquier cosa para cuya adquisición tiene dinero bastante, piensan lo mismo respecto de las ideas políticas y los líderes políticos. Usan la televisión para cimentar personalidades políticas lo mismo que para anunciar un jabón: lo que importan son los resultados, en ventas o en votos, no la racionalidad ni la utilidad de lo que se presenta al público.


-citando a Joseph A. Schumpeter:

“Pero cuando nos alejamos más aún de los intereses privados de la familia y de las oficinas de negocios, y entramos en las regiones de los asuntos nacionales e internacionales que carecen de un vínculo directo e inequívoco con aquellos intereses privados, la voluntad individual, el dominio de los hechos y el método de inferencia pronto dejan de llenar las exigencias de la doctrina clásica. Lo que me extraña más de todo y me parece ser el meollo de la confusión es que se haya perdido tan por completo el sentido de la realidad. Normalmente las grandes cuestiones políticas tiene su lugar, en la economía psíquica del ciudadano típico, entre los intereses de las horas libres que no han llegado al grado de aficiones, y entre los asuntos de conversación sin responsabilidad. Parecen cosas lejanas; no se parecen en nada a la propuesta de un negocio, los peligros no pueden hacerse visibles en lo absoluto, y si lo hicieran, quizás no parecerían tan graves; a uno le parece que se mueve en un mundo ficticio.”

“Los modos como se manufacturan las soluciones y la voluntad popular respecto de ellas son exactamente iguales a los de la publicidad comercial. Encontramos en uno y otro caso los mismos intentos para llegar a la subconsciencia, la misma técnica para crear asociaciones favorables o desfavorables, tanto más eficaces cuanto menos racionales son; encontramos las mismas evasivas y reticencias y el mismo truco para producir opinión mediante la repetición de una consigna, que triunfa exactamente en la medida en que evita la argumentación racional y el peligro de despertar las facultades críticas de la gente. Y así sucesivamente (..).”

Es cierto que más del 50% de los votantes depositan sus votos personalmente y eligen entre dos maquinarias de partido que compiten por sus votos. Una vez que una de esas maquinarias sube al poder, la relación con el votante es muy remota. Las decisiones reales no dependen muchas veces de los miembros individuales del parlamento, que representan los intereses y los deseos de sus electores, sino del partido; pero aún allí quienes deciden son algunas personalidades influyentes, con frecuencia poco conocidas por el público. (...) Entre el acto de votar y las grandes decisiones políticas hay una conexión misteriosa. No puede decirse que no haya ninguna en absoluto, ni puede decirse que la decisión final sea resultado de la voluntad del votante. Ésta es, exactamente, la situación de una expresión enajenada de la voluntad del elector. Éste hace algo: votar, y vive con la ilusión de que él es el creador de decisiones que acepta como si fueran suyas; aunque en realidad estén determinadas en gran parte por fuerzas que caen fuera de su control y de su conocimiento. No es extraño que esta situación dé al ciudadano corriente una profunda sensación de impotencia en materias políticas (aunque si bien no necesariamente consciente) y que, en consecuencia, su inteligencia política se reduzca cada vez más. Pues aunque es cierto que uno debe de pensar antes de obrar, también lo es que si uno no tiene posibilidad de obrar, el pensamiento se empobrece; si uno no puede obrar efectivamente, tampoco puede pensar productivamente.



Erich Fromm
Psicoanálisis de la sociedad contemporánea
FCE, México, 1956, pp. 156-162

Comentarios

CAquita dijo…
así, es.

El problema con el pensamiento político es que lo han manejado de tal manera, desde el academicismo (que tacha de ignorantes al 99.99% de la población y se coloca en el restante para decir que los "intelectuales sí saben"), que la gente común deja las cosas para otros. Es como la crítica de Chomsky, nos dicen que no podemos hacer nada y mejor no intentarlo.

La acción es importnate. Ahora me he puesto a platicar con gente en la calle y veo que estamos todos bien emputados. No sé si hay quien no esté emputado. A veces pienso en la gente de caracter norteño que tiene la seguridad de que todo eso de la política son chingadreas y que debemos chingarle y que el resto no importa. Posiblemente el acto político más duro es el trabajo duro. El trabajo de los políticos es una mierda, ejércitos de hombres condicionados a la dirigencia disfrazada de ideolología hipócrita.