110709

Primero lo primero.
No parece que nada de lo que he hecho hasta ahora haya valido todo el tiempo que se le invirtió. La inconstancia es probablemente la mayor responsable. Lo cierto es que aquí estoy, con un enorme espacio vacío enfrente y, como tantas otras veces, no sé con qué llenarlo. Cómo. Cómo empiezo. Tengo muy pocos talentos naturales. Los que tengo, no son envidiados por nadie. Y no es autocompasión, es realismo. La disciplina, la organización, el orden impecable. La perfecta sincronización de eventos, tiempos, personas, palabras. El hacer lo que ha de hacerse a rajatabla, sin espacio para la duda. Mucho es perfectible, pero ¿vale la pena perfeccionarlo todo?

“De alguna forma todo, milagrosamente, sale. Sin tantos planes”. (O algo así decía).

La adicción al orden. La necesidad de tenerlo todo cubierto, planeado; que no haya absolutamente nada que no haya sido previsto ya. Las cosas de alguna forma salen, así, como aventándote del quinto piso sabiendo que no te va a pasar nada. Así nomás.

Tengo muy pocos talentos naturales. Los que tengo, son aburridos. Así, anodinos. Faltos de gracia. Muy eficientes, eso sí. Tan eficientes como la maquinaria de un reloj. Un reloj de esos que tienen muchos engranes y demás piezas que embonan unas con otras, se mueven unas cuando las otras se mueven, todas perfectamente sincronizadas para dar la hora. Así, mucha maquinaria para terminar haciendo algo tan fascinante como… dar la hora. Así, mis talentos. Talento natural para el tedio. La rutina.

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