Una historia que a nadie le importa, o Un lloriqueo a deshora.

¿Te conté que una vez tenía varios amigos? Estaba padre, porque pues nos conocimos hacía un chingo de tiempo. Cuando teníamos como quince; súper chavos. Salíamos de fiesta, de borrachera, a conciertos. Pues todo lo que se hace en bola cuando eres adolescente, pues. Obvio con tantos años pues crees que llegas a conocerlos bien. O sea, cada quién se sabía la vida de los otros, pues, y parecía que ya no había secretos. Así la cosa, pues te daba una sensación como... no sé, como de hermandad. Bien curioso. Hasta podías predecir la reacción de fulano o zutano a tal o cual cosa. Y luego sí le atinabas.

Después se puso raro. No sé; yo creo que de tanto convivir y eso, como que nos empezamos a agarrar demasiada confianza. Eso, demasiada confianza. Vaya, que obvio en un grupo de cuates pues le cargas carrilla de repente a alguien, por joder, pues. Y ese alguien se ríe, lo toma con filosofía, y se acabó. Si realmente le molesta, le paras. Pero acá la cosa era diferente. Acá no se paraba. Acá, entre más obvio era que la carrilla se hacía realmente hiriente, más duro le daban. Y seguro tú dices, pero a qué pendejo se le ocurre aguantar eso. Pero imagínate; nos habíamos conocido pues bien chavos, y fuimos creciendo juntos. O sea, que éramos como que "el" grupo de amigos. Claro, cada quien conocía gente de otros lados. Pero ese era... ¿cómo decirte?, como el principal, ¿me explico? Entonces, pues de alguna forma no era fácil ver más allá. Además, cuando estás chavo la necesidad de que tu banda te acepte es cabrona. Yo creo que por eso en aquellos años aguantábamos tanto.

Y claro, pasó la adolescencia. Los que lo lograron, los más, fueron a la universidad. Algunos otros, pues a desperdiciar otros dos o tres años en bachillerato. Otros más se perdieron de vista. Hubo un tiempo en el que cada quién hizo lo que más le convenía, y el grupo se reunía cada vez más esporádicamente. Muchas veces sólo nos veíamos tres o cuatro. Y así, varios años. De repente como que agarró fuerza otra vez. O sea, volvieron las reuniones, los conciertos, las borracheras... ya sabrás. Y entonces se puso raro otra vez. Porque de repente ya era siempre hacer lo mismo. Siempre decir los mismos chistes. Déjame te digo que, en verdad, yo no sé si los demás reíamos por compromiso o porque el mismo chiste gastado y estúpido era capaz de hacernos reír una y otra vez. La cosa es que se hacía medio aburrido hacer lo mismo, decir lo mismo, y eso. Y pues había que meterle variedad. Y ve.

En algún momento, y no sé ni por qué, como que se hicieron jerarquías. Una cosa bien pendeja. Uno de ellos empezó a organizar siempre todas las reuniones, eventos, planes, y así. Yo creo que más por hueva que por obediencia, le dejamos hacer. Y yo no sé en qué momento pasó de organizar a de plano decidir. Así nomás: "güeyes, vamos a tal lado; ya investigué, y hay que hacerle así y pagar tanto". O "estaría chido que hiciéramos tal o cual, ¿no? No mames, es que sí se ve que está muy chingón, seríamos pendejos si no vamos". O ya de plano "pues yo voy a tal lugar, ahí si quieren le caen". Y sí, le funcionaba. Casi todos acabábamos por aceptar el plan. Este güey que te digo se hizo algo así como el jefe. No, es en serio. Todas las decisiones salían de este cabrón. Y aquí empezó lo feo. Porque, digamos, si necesitabas o querías modificaciones al plan de este güey, dependiendo de quién fueras se hacían o no. Y como eso, todo lo que se hacía. Exacto, como ya te imaginas, yo siempre salía perdiendo. Es por eso que te digo eso de las jerarquías. Y la cosa, para mí, acabó por eso.

Resulta que esos desmadres empezaron a hacerme sentir mal. Me encabronaba, pues, porque no esperas encontrarte esos "detalles" cuando estás entre gente que se supone que te quiere y te valora por lo que eres. Cuando se supone que estás entre iguales. No te rías, es neto. Ya con eso en la cabeza, alguna vez me pregunté si realmente quería o me merecía estar entre gente que se dicen amigos, y no pierden ocasión para humillarte y chingarte más allá del puro cotorreo de cuates. Además, era práctica común criticar y decir cosas bastante ojetes de aquel pobre infeliz que no estuviera para defenderse. Y cuando veíamos otra vez al infeliz, ¡zas!, no pasó nada y hola cómo estás, qué gusto de verte. Pues yo estaba encabronado. No te miento, yo también le entré al juego éste, y no me pongo como víctima, porque no lo fui. Pero sí me fastidié, y no hubo cómo ni con quién hablarlo sin exponerme a la humillación y todo eso. Cual adolescente frustrado, pues que se me ocurre quitar al jefe y sus allegados de mis redes sociales. Y ahí terminó todo. Cuando los busqué otra vez, no estuvieron más. Ni siquiera cuando aún los consideraba amigos, y realmente los necesitaba.

Supe que consiguieron nuevos reclutas, y siguen viéndose y todo el rollo. Con unos cuantos de ellos aún me mantengo en contacto, aunque tenga que ser por Internet y eso (la edad cambia muchas cosas). Esos pocos, los menos, que creo que siempre fueron amigos. Claro, conocí más gente, y sé ahora lo que es una amistad donde te valoran y te respetan. Sí, ya sé, suena bien pinche cursi; ha de ser la hora. Luego vino lo de la novia, y todo ese desmadre que ya te sabes. Y aunque suene chistoso, eso del Internet me ayudó a conocer más amigos. Y pues ahí la llevamos. A veces todavía los extraño. Pero menos. Y aunque no; yo ya hice lo que me tocaba. Ni modo, así salió. Por eso te digo: si vas a hacer tus chingaderas, hazlas sabiendo que lo que hagas va a tener consecuencias. Luego no sabes cómo va a reaccionar la gente, y ahora a todo mundo le valen madres las explicaciones. Porque ve, con estos güeyes que te digo...



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