Cincuenta y dos.

A veces quisiera citarlos a todos ustedes, que se sentaran a la mesa conmigo y platiquemos de todo y de nada, de cualquier cosa y de todas las cosas. A veces quisiera no tener que ver a ninguno de ustedes, a nadie. Porque sé que de todas formas saben de las cosas que siento y de las que se me ocurren, aunque nunca sepan nada de mí en realidad. Es el dolor de ver los años pasando uno tras el otro, corriendo, yendo a ninguna parte. Los años corriendo, mientras uno se queda aquí, acostado como idiota, viendo el techo y pensando en esos tiempos tan hermosos que ya se fueron, para siempre. Los años corriendo, y uno aferrándose a los recuerdos que cada vez se hacen más amargos, de tanto que se les extraña. Yo los cambio a todos ustedes por mis recuerdos que dejen de doler tanto. Porque ¿para qué quiere uno comer, vestir, trabajar, salir, si al final de todo eso no hay nada? ¿Para qué trabajar, competir, preocuparse, si al final los problemas se tragan a sí mismos y no dejan nada? Mientras los años corren, uno se aferra a la nada, a un futuro que nos dijeron que va a ser mejor, a muchas promesas que no se van a cumplir de todas formas. La felicidad es para mañana, siempre para mañana. Yo creo que la felicidad era ayer. Por eso la felicidad ya no es posible. Perseguir la felicidad es ser como el perro que se corretea la cola, sin alcanzarse jamás. Perros corriendo atrás de su cola es lo que son los hombres de éxito.





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