De la autorrealización.

Hace algunos años la vida era perfecta, aunque no en ese mismo momento. Había amigos, casi en todos lados: en la casa, en la escuela, en el “trabajo”. Estaba la pasión y la sorpresa de los estudios. La gente nueva. Estaba también esa bonita sensación de tener un amor imposible. Y la música, bueno… estaba también ahí. Lo llenaba todo. Lo acompañaba todo. Lo documentaba todo, minuciosa aunque caprichosamente. Y entonces todo empezó a cambiar. Y los amigos se empezaron a ir, poco a poco. Y los estudios se acabaron. También se fue el amor imposible. Pero la música… la música se queda. Siempre se queda. Siempre está, para sentenciar lo lejos que otros tiempos se van quedando. Felices, felices tiempos aquellos. Y hoy, que los amigos, el amor, la casa, los estudios, y todo lo que hubo entonces se fue, la música sigue aquí. Y entonces se sabe lo lejos que se quedó la felicidad. Lo cerca que está la rutina y el tedio de haber llegado a donde uno siempre creyó que quería estar. Se sabe de la falta de sorpresa, de pasión, de la emoción de empezar otro día. Porque, entonces, cada día era igual y sin embargo, enormemente diferente al anterior. Hoy la música también hace saber de lo idéntico que es este día al anterior, y al que le ha de seguir, y al siguiente, y al siguiente… Se fueron los amigos, los estudios, el amor imposible, la casa perfecta, la vida perfecta, y se queda la música para arrancar alguna emoción de la ominosa farsa que es la “realización de los sueños”.






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