171011

Yo quisiera contarte muchas cosas. Algunas, no deberías ni querrías saberlas, pero quiero que las sepas. Otras, vas a querer saberlas pero no te las voy a decir. Porque yo también sé de lo mucho que pueden complicarlo todo estas inocentes intrascendencias llamadas palabras. Sé que hay aún otras cosas que tienen una enorme facilidad para salirse de las manos. Ese tipo de cosas que siempre crees que tienes bajo control. Es más, son esas cosas que cuando a alguien más se le escapan, no puedes evitar pensar: ah pero qué pendejo eres. Y sí, cuando te das cuenta ya se te fueron a ti también. Pero no te voy a contar nada, porque la verdad no sé cómo. Juego un juego tan peligroso como estúpido: tentar a nuestra suerte como para que un día te hartes de todo, de mí,  y decidas irte. Y entonces… nada, regreso a la comodidad de la tristeza. Porque tú y yo sabemos que a veces es bien cómodo tirarnos a la mierda, lloriquear por los rincones, culpar a esta maldita mala suerte que llevamos en la sangre. Sufrir por la suerte, el destino, los astros, los otros, sin saber muchas veces si de verdad había algo más qué hacer. Yo quiero tirarme a la mierda también, mientras sepa que puedo renunciar a mi poder de decidir lo que ha de pasar. Sé que mi oscuro rinconcito de las desgracias está ahí, esperándome. Agarró la forma de mi cuerpo, de tanto que he estado ahí. Sé que suena más romántico dejárselo todo al infeliz destino, que nunca quiso ser generoso conmigo. Pero qué tal que mientras yo me acomodo en mi rinconcito de las desgracias, tú verdaderamente sufres. Maña para el llanto tengo de sobra. Tú no. Sólo los profesionales en la autocompasión deberíamos tener licencia de llorar, sufrir, y flagelarnos.

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