De cuando la vida se prometía a sí misma.

Han de saber que, en realidad, yo no tengo casa. He tenido ahora ya doce casas, pero ninguna de ellas ha sido mía, ninguna ha debido permanecer. Porque  los sitios donde yo habito realmente están todos dentro de mi cabeza. Son sitios con muros hechos de sonidos, de viejísimas melodías. Son muros que empezaron a levantarse hace casi veinte años, cuando decidí grabar música desconocida que apenas se distinguía entre tanta estática e interferencias. Son muros hechos de variadísimas recomendaciones ilustradas con fotografías que me causaban una honda impresión. Bicicletas oxidadas, jardines tan remotos como bellos, parejas desnudas despertando juntas, y gente haciendo aerobics con atuendos ahora ya muy anticuados. Son muros hechos de la descripción de la estructura del ADN, y de todos los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está lo mismo un muy subjetivo “top 10” de música culta que recomendaciones demasiado optimistas para sobrevivir a una bomba atómica. Ahí dentro está lo mismo la sexta sinfonía de van Beethoven que la voz y el arpa de Esther Lamandier. Dentro huele a madera,  barnizada con algún menjurge hecho con petróleo. Ahí dentro se cierra la puerta de la entrada con un simple pasador. Ahí dentro la lluvia convoca en minutos un auténtico ejército de caracoles; uno ha de caminar con muchísimo cuidado para no aplastar a ninguno. Ahí, las ventanas tienen vidrios amarillos que cuesta mucho limpiar por la herrería que los protege. Ahí dentro están todas las horas pasadas sobre una mullida alfombra, leyendo en libros de Historia cómo la humanidad ha resuelto reventarse a base de balas y bombas. Dentro estoy yo solo, y nadie nunca puede ni podrá entrar. Dentro, todos estos años extra que he vivido se disuelven y desaparecen, al fin. Ahí no hace falta pagar carísimas rentas, ni comprar despensas, ni buscar obsesivamente estacionamientos, ni preocuparse por vulgaridades de ese tipo. El sol que entra por sus ventanas es el único que calienta. Pero es triste, porque no puedo entrar siempre que yo quiera. Hay una entrada, una sola, que el vacío infinito de mi tedio y mi rutina se empeña en esconder.  Es muy triste porque cuando estoy ahí, sé que no voy a poder regresar en mucho tiempo. Pero cuando entro, toda esta mediocre e hipócrita fantasía llamada éxito se desdibuja hasta que sólo queda la gran pregunta: ¿cómo logré desperdiciar tantos años correteando la promesa de alguien más, de muchos millones de alguien más?  Alguien más: ya llegué, más o menos. Y ¿ahora? ¿Cuándo empiezo a ser feliz?

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