Je ne regrette rien.


Recuerdo que había en un salón (llamado con bastante optimismo "laboratorio") una enorme célula, casi de tamaño natural (suponiendo que lo más natural en cuanto a tamaños es aquello que está en relación con el tamaño de un ser humano promedio), encerrada en láminas de plástico transparente. Justo afuera, un jardincito, el mejor cuidado o, quizás, el único que merecía semejante nombre.Todos sabían que, por estar relativamente apartado, era el lugar preferido por las parejitas para empezar a conocer a fondo al sexo opuesto (si había quienes entraban a explorar al mismo sexo, no supe nada nunca). 
Recuerdo una tarde lluviosa en particular. Camino sin rumbo por los pasillos de la escuela. Llevo unas cosas que solíamos llamar Walkman. Mientras camino, viendo la lluvia, siento que una vez más me enamoré de quien no debía. Ella ya tenía, supuse yo, sus ojos en alguien más. Un amor muerto antes de nacer, pues. No me preocupa que el agua que salpica de los techos me caiga encima porque, finalmente, las gotas que escurren de mi cabello disfrazan las lágrimas de mi corazón roto de chamaco. Lo curioso es que al final, un final que llegó unos días después, sí me quiso a mí.

Recuerdo a mis nuevos amigos. Recuerdo sus cabellos largos, sus uñas pintadas de negro; alguno incluso se pintaba los labios también de negro. "Ese disco lo tengo prestado, pero te traje éste. También está muy chingón". Recuerdo mis pésimas lecturas de entonces, con las que me refugiaba de un mundo del que me sentía demasiado asustado como para socializar con él. Recuerdo el olor a madera de la casa de uno de ellos, su guitarra eléctrica de segunda mano, las interminables noches jugando StarCraft en sus múltiples computadoras. Recuerdo las divertidísimas tardes de pizzas y Dungeons and Dragons en casa de otro más de ellos. Cómo ese mismo amigo rompió dos vasos de vidrio en mi casa. Nunca quise hacerles caso a sus muchas sugerencias de que a él le venían bastante mejor los vasos de plástico.

Recuerdo una noche particularmente difícil. Me veo muy asustado, vagando por los pasillos de la escuela, con una camisa enrollada en la cabeza para taparme la cara. Aún huelo el inconfundible tufo que dejan los incendios. La columna de humo. La confusión. Los gritos. El miedo. Las sirenas, los helicópteros (quizá sólo era uno, o ninguno). Veo a mi madre, quizá más asustada que yo, pasándome comida a través de los barrotes de la reja. Las "guardias" que me pusieron a hacer en medio de la oscuridad casi total. Los rumores diseñados, lo entendí mucho después, para meternos más miedo.

Aquí no hubo música. Eso fue quizá, por lo menos para mis recuerdos, lo peor.




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