La casa de la tristeza.

El camino no es precisamente accidentado, pero tampoco se podría decir que es fácilmente transitable. Hay montones de lodo y basura dispersos a ambos lados de la carretera. A nuestro lado pasan camiones de todos los tipos y tamaños imaginables, corriendo con ese frenesí por llegar a ninguna parte que los caracteriza.

Días antes cayó una tromba memorable sobre toda la zona. La gente cuenta que el nivel del agua llegaba hasta la cintura. Cientos, o quizá miles de casas perdieron muebles y aparatos eléctricos.

La última vez que estuve aquí fue hace unos tres años. Desde que dejé de vivir aquí, diez años atrás, la "modernidad" ha alcanzado a este pueblucho. Y por modernidad me refiero a la proliferación de changarros. Hay taquerías, ferreterías, mueblerías, refaccionarias automotrices, talleres mecánicos, bastantes moteles de paso (trescientos pesos la noche por la habitación más cara, según sus fachadas), recauderías, incontables tiendas de abarrotes, y hasta algunos que venden consumibles para computadoras e impresoras. La "modernidad" también abarca un par de supermercados, algunos puentes peatonales que nadie usa, herrumbrosos juegos infantiles que no parecen haber conocido nunca a ningún niño, y antiguos caminos de terracería que fueron pavimentados de cualquier forma. También hay una gasolinería, y hasta tiendas de conveniencia. Cafés internet que conviven con nopaleras. Papelerías, o farmacias, en medio de modestísimos sembradíos de maíz. Alguna antena de telefonía celular rodeada de corrales para gallinas.

Ese es el progreso que el cambio de siglo le trajo a este pueblo.

Al menos ya no son tan numerosos los cadáveres hinchados de perros, que solían encontrarse dispersos por toda la carretera.

Uno de esos antiguos caminos de terracería dan directamente a la calle principal. Damos vuelta a la izquierda, dos calles más abajo, y después a la derecha, y llegamos a la casa donde solía vivir. Es una casita de dos plantas, con dos franjas de pasto seco al frente que alguna vez fueron llamadas con optimismo "jardín frontal".Tiene rejas de hierro blancas en las ventanas. Quizá es por la suciedad acumulada en las rejas, por lo seco del pasto, por la lejanía, por lo recuerdos, pero toda la impresión que me da la casa es de muchísima tristeza. 

Abrimos la puerta, descorriendo los varios cerrojos que la falta de seguridad pública nos obligó una vez a instalar, y nos recibe un inconfundible tufo a humedad. Nuestros pies pisan una alfombra formada por el polvo acumulado de años de abandono. Todo está cubierto por una espesa capa de polvo. Las telarañas son incontables, y están en todas partes. En el centro de la planta baja, al lado de la minúscula cocina, hay unas escaleras de caracol. Al subirlas llegamos a un descanso tan pequeño, que dos personas no se hallarían cómodamente en él. A la izquierda, el baño; a la derecha, la única habitación de la casa. El baño es pequeño, como todo lo demás. El agua estancada en el retrete nos hace imaginar que debería haber toda clase de bichos de agua sucia viviendo en él. Sin embargo, no se ve ninguno.

Entramos al cuarto. Es una recámara capaz de acomodar una cama matrimonial, no más grande. En el espacio destinado a clóset metimos, hace años, un anaquel de acero que nos funcionaba como ropero. Aún está en su sitio, polvosa, nuestra vieja televisión de 21 pulgadas (de lo mejor en su tiempo), como aburrida de esperar a los espectadores que ya nunca regresaron. Las mesitas de noche siguen también ahí. Hay hasta ropa con la que nunca me volví a vestir desde el día en el que decidí irme de ahí.



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