De cómo se me ocurrió meterme a estudiar esa cosa arrugada y gelatinosa llamada cerebro, parte I

Cuando la conocí, me cayó francamente mal.

Era de esas chavas güeritas, fresas, con mucha iniciativa y vocación por organizar a todos como creen que es más conveniente. Por esos curiosos recovecos de la probabilidad tuve que hacer equipo con ella. Uno de los primeros equipos de muchos, muchísimos, que vendrían después. Era nuestro primer semestre en la facultad, y en esos días nada hacía suponer que íbamos a acabar ese mismo semestre siendo amigos. 

La facultad de entonces era un lugar, la verdad, feo. Con un tristísimo color gris en todas las paredes que dejaba una vaga sensación de opresión. Los pupitres eran de madera, muy incómodos, y con tallas y pintas de generaciones y generaciones de aspirantes a psicólogos anteriores a la nuestra. Lo mismo podías encontrar en esas bancas declaraciones de amor que acordeones de cualquiera de las materias del plan de estudios. Lo habitual, pues.

Ahora ya hay dos edificios más de aulas, bancas nuevas, piso nuevo, pantallas retráctiles para el uso de proyectores en cada aula, nueva sala de lectura en la biblioteca, una carpa fija que da sombra a banquitos y mesitas de concreto, canchas de basquetbol... Entonces no había nada de eso. Entrando por el estacionamiento sólo había dos puestos que vendían lo mismo cigarros, ensaladas, sopas Maruchan o botellas de agua, que tacos de guisado, quesadillas o refrescos. Por cafetería teníamos dos o tres mesas metálicas con cuatro banquitos cada una, coronadas por parasoles igualmente metálicos cuyo diseño incluía aberturas tan grandes que los hacían inútiles contra el sol o la lluvia. Lo más avanzado en tecnología didáctica consistía en proyectores de acetatos en algunas de las aulas, encerrados en unos anaqueles de metal bastante feos, fijos en las paredes del fondo. Del techo de algunos otros salones colgaban televisiones, sin botones ni certeza de que funcionaran, encerrados en jaulas de metal con no menos de cuatro candados. El legendario Psicotaco se encontraba en su esplendor: contaba con una especie de terraza grande, bordeada por malla ciclónica, a un costado del estrecho pasaje que conectaba la facultad con el resto de la Universidad. Tenía una envidiable vista panorámica de la Rectoría y la Biblioteca Central. El prestigio del Psicotaco atraía hambrientos peregrinos de las cercanas facultades de Filosofía, Derecho o Arquitectura, o incluso de facultades más distantes como Medicina, Odontología o hasta Ciencias.

La biblioteca expedía su propia credencial, distinta de la de la facultad, y se tenían que llenar unas papeletitas cuadradas para pedir libros en préstamo.

En las últimas semanas de los cursos, como buenos estudiantes de licenciatura, platicábamos de todo y de nada, en alguna de las jardineras de la facultad. Me contaba mi nueva amiga cómo era la carrera de Biología, y por qué decidió dejarla para meterse a Psicología. Un cambio radical, mirado de pasada, pero no tan drástico si se considera con detenimiento. Entre las muchas cosas interesantes de su paso por la Facultad de Ciencias se contaba una breve estadía en un laboratorio de investigación.

En el bachillerato fui un estudiante bastante mediocre. Con muchísimo trabajo aprobé, en extraordinarios, las materias que me mantuvieron en la preparatoria cinco años. "Es que hice posgrado en prepa", solía decir estúpidamente. Pero una de las asignaturas que no sólo pasé a la primera, sino que me llamó poderosamente la atención, fue Psicología. Y fueron en particular dos los temas que me interesaron mucho más: psicoanálisis y Sistema Nervioso. De forma que cuando mi nueva amiga de la facultad me confió su interés por repetir la experiencia en algún laboratorio de investigación, pero esta vez relacionado con Psicología, con vivo entusiasmo le pedí que me incluyera en sus planes.

Hablamos con nuestro profesor de Bases Biológicas de la Conducta, pidiendo su consejo. No sé (no le he preguntado) por qué nos recomendó que fuéramos con cierto investigador. "Okei, entonces mañana le llamo y le pregunto si podemos ir", dijo ella. "¿Para qué le hablas? ¡Velo a ver!", contestó él.

Curiosamente, contra cualquier pronóstico, mi entonces nueva amiga y yo seguimos siendo muy buenos amigos. Hicimos una especie de equipo simbiótico-académico la mayor parte de la licenciatura. Hemos reído y llorado juntos por más de diez años. Y ella se convirtió en la esposa de aquel profesor nuestro, con quien también me tomo el privilegio de considerar como un amigo.

Comentarios