Yo, profesor, parte I

Mis primeras clases fueron malas. No sé qué tanto, pero sé que malas.

Comencé dando clases por casualidad. Estaba yo a la mitad de mi doctorado, y (contrario a muchos de mis conocidos) tenía mucho tiempo libre. Le comenté a uno de mis antiguos profesores que tenía ganas de dar clases, y me sugirió que diera algunas de las suyas para ayudarle con temas en los que él había perdido interés. Así que le planteamos el asunto al coordinador del área, quien nos dio su visto bueno. Mi primera clases frente a un grupo fue sobre biología molecular, con diapositivas, y bajo la atenta mirada de mi antiguo profesor, un académico con unos veinte años de antigüedad. No logro recordar cómo me fue. Así me habrá ido.

Poco después, el coordinador me sugirió que me hiciera cargo de todo un grupo, todo el semestre. No había contrato, ni paga, sólo una constancia al final del semestre. Por aquellos días no buscaba dedicarme a la docencia, así que acepté de muy buena gana. Yo, un estudiante de doctorado, ya dando clases en tamaña universidad. No cabía en mí de gusto.

Mis primeras clases fueron prácticas. Como quizá el lector sepa, dar clase teórica y práctica son cosas enormemente distintas. En las teóricas, el profesor puede llegar a pontificar sobre cosas de las que conoce no más que lo que sobre ellas hablan los libros. En las prácticas, por otro lado, se requiere dominar por lo menos algunas demostraciones de los temas vistos en teoría. Además, se espera que en la práctica los alumnos lleven a cabo distintos ejercicios durante el semestre, uno o dos por clase, todos relacionados al temario teórico. Por mucho, las clases prácticas son más demandantes. Y, cuando no se tiene mucha experiencia, no queda más que improvisar en más de una ocasión.

Así, llegué a caer bastante bajo. Por ejemplo alguna vez, diez minutos antes de mi clase, tomé de mi laboratorio una placa de Western blot, cerebros de rata en formol, un atlas estereotáxico y algunas otras cosas que creo que no quiero recordar, los metí en una bolsa, y me fui a la facultad. Mi clase versó sobre la importancia de las técnicas de laboratorio, di una somera explicación de cada uno de los objetos, y terminé la clase como media hora después de haberla comenzado. La clase era de hora y media, o dos horas.

Mi atuendo tampoco inspiraba mucha confianza. Recuerdo perfectamente que, en verano, no tenía problemas en presentarme al salón en huaraches, bermudas y playera. Para entonces ya no acostumbraba peinarme. 

Espero que mis primeros alumnos hayan ya olvidado mi nombre y mi facha. Espero que me desconozcan si un día me encuentran en la calle. 


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