Mi dos mil cinco

Hace once años llegué a esta colonia, con no muchas más cosas de las que cabían en una caja de huevo. Huía no sólo de la disciplina del hogar materno, sino también de la enorme distancia que recorría diario para llegar a la universidad. Era un estudiante de cuarto o quinto semestre, que gastaba casi todo su tiempo libre en un laboratorio de neurociencias. "Laboratorio de neurobiología del aprendizaje y la memoria". Un día debería de escribir sobre cuáles eran entonces las ideas dominantes de cómo las células del cerebro guardan información.

Mis amigos me dieron la oportunidad de vivir en el tercer cuarto del departamento que ellos rentaban con sus becas de posgrado. Era un cuarto chiquito. Apenas cabía una cama matrimonial que, dicho sea de paso, me prestó una amiga en común. Esta amiga era la estudiante de doctorado más avanzada del laboratorio, y la seguíamos y obedecíamos como si fuera la abeja reina. Pero esa es otra historia. Yo cobraba como ayudante de Investigador Nacional Nivel III del SNI, dinero del que les daba una cantidad simbólica a mis amigos por vivir con ellos.

Mis amigos, y también roomies, ocupaban los otros dos cuartos del departamento. El mayor de mis amigos, quien se había encargado de hallar el departamento y firmar el contrato, era como nuestro hermano mayor. Biólogo de formación, era una persona absolutamente pragmática. Muy alto, delgado, bonachón hasta en su andar. No se complicaba la vida, o eso intentaba. Siempre racionalizando lo que sentía. Siempre queriendo hacer lo que suponía que era lo más eficiente. Siempre mesurado en sus dichos y acciones, excepto cuando comía: sus comilonas eran épicas. Hacía ruidos bastante curiosos con la nariz. He conocido muy pocas personas tan generosas y afables como él, en todos mis años de vida. Él ocupaba el cuarto más grande: un cuarto con una de las paredes cubierta de espejos. Solíamos fantasear sobre las manías sexuales de los inquilinos anteriores.

Mi otro amigo-roomie era un caso especial. Médico, colombiano, bastante narcisista, pero esencialmente buena persona. Era simpático y ocurrente. Aficionado al cine, tenía en su cuarto un colchón en el piso, y pilas de DVDs por todas partes como único mobiliario. Amaba los chunches tecnológicos y, como era de esperarse para la época, era un gran fanático de los productos Apple. Quizá conserve aún su iPod primera generación. Solía molestarlo mucho por estar tan centrado en sí mismo. Su mamá le hablaba regularmente por teléfono al laboratorio. Su cuarto estaba pintado de rosa (cosa de los ocupantes anteriores), y era apenas un poco más grande que el mío.

En la cocina teníamos una parrilla de gas de cuatro quemadores, y un refrigerador demasiado pequeño para los tres. No era raro que la mitad de su contenido estuviera ya echado a perder. Teníamos por alacena un carrito de tres entrepaños, atiborrado de conservas y comida instantánea. Y un horno de microondas, arriba del refrigerador.

La estancia la teníamos ocupada con una sala verde de segunda mano, una mesa de plástico, de esas blancas de jardín, y dos sillas de madera. Cuando yo llegué aporté al mobiliario de la sala otra mesa de plástico (más pequeña), con mi computadora de escritorio sobre ella. Una Compaq Presario 5000, lentísima, que aún conservo. La sala fue regalo de la técnica del laboratorio, que les "donó" a mis amigos los sillones verdes cuando ella compró muebles nuevos para su casa.

El baño era pequeño, pero no tanto como para impedir al dueño instalar un jacuzzi donde normalmente sólo hay una regadera. Jamás usamos el jacuzzi. Prenderlo, invariablemente, botaba los interruptores de los fusibles. Además de que el agua siempre ha sido problema aquí.

Así era el lugar donde pasé algunos de los mejores años de mi vida. Siempre que pienso en momentos felices, procuro volver a ese departamento de paredes verdes y muebles de regalo. Y a mis amigos, con quienes podía comentar los sucesos del día, noche tras noche.

Sigo viviendo en la misma colonia, en un departamento diferente, con muebles nuevos, y con todas las comodidades que hace once años no podía pagarme. Y también, mucho más solo y aburrido.



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