Yo, neurocientífico. Pt. 1.




El 20 de abril de 1999* llegué en la mañana, como todas las mañanas, a mis clases en la prepa. Muy grande fue mi sorpresa (y la de muchos otros de los que estudiábamos en esa escuela) cuando la encontramos cerrada, ocupada por otros estudiantes. Sobre las rejas de la entrada colgaban banderas rojinegras que, aprendí en ese momento, anunciaban huelga. No es que no supiéramos que había conflicto en la universidad, ni que fuera una novedad que existía la intención de cerrar la escuela; habían grupos de estudiantes que llevaban semanas anunciándolo, incluso haciendo votaciones salón por salón. Simplemente creo que no pensamos que las cosas iban, de hecho, a llegar tan lejos. “Esto no dura más de tres semanas” nos decía, confiada, la maestra de Historia.

Diez meses más tarde entraba la Federal a todos los planteles de la universidad, desbaratando un movimiento desgastadísimo, con ya escasa credibilidad y mucha menor utilidad. Para entonces yo ya había pasado de quinto (segundo) año a sexto (tercero), y había decidido entrar al área de carreras físico-matemáticas. ¿Mi idea? Estudiar física, materia que se me facilitó mucho en secundaria. ¿El problema? Dos, en realidad. El primero era que nunca tuve vocación para la física, ni facilidad ninguna para las matemáticas. Vaya, aprobé todas las matemáticas del bachillerato en extraordinarios. Ninguna, a la primera.

El segundo problema fue mi adolescencia. Cuando terminó la huelga seguía viviendo en mí un fervor activista y bastante irracional que se sentía traicionado y herido por cómo terminó todo. Veía el retorno a las actividades normales como una traición a la ideología y el movimiento. Nos dieron a todos suficientes oportunidades para regularizar nuestras situaciones académicas (el año escolar terminó siendo un caos). Simplemente no me dio la gana hacerlo. Le fui estúpidamente fiel a un movimiento del cual fui una parte muy breve y marginal y que, en los hechos, había dejado de existir. Me cambié del área de las físico-matemáticas a la de las químico-biológicas y de la salud, llevándome a mi nuevo grupo el mismo inexistente entusiasmo por el estudio.

Por supuesto que perdí el año. Y no sólo el año, también el “pase reglamentado” a Ciudad Universitaria. Mis amigos se graduaron y se fueron. Mi entonces novia también; entró a la Facultad de Psicología. Su mundo cambió: se volvió interesante, nuevo, conoció gente... No había ya nada que yo, atorado en la preparatoria, solo y triste, pudiera ofrecerle. Un par de meses después de que ella entró a la facultad, terminamos. Fue mi primer ruptura, y me deshizo. Sentí un dolor y una desolación que no conocía. Y, por supuesto, no supe cómo manejarlo. Fue ahí donde empecé a perder el segundo año.



***
Uno de mis amigos tenía una hermana, mayor que él. En alguna plática me contó que ella era psicóloga, y me dio una somera descripción de lo que hacía profesionalmente. Quedé fascinado. Decidí que esa iba a ser mi profesión, y cambié de área. Padecí la mayor parte de mis clases, excepto Psicología y Biología. En Psicología, recuerdo muy bien que hubieron dos temas que atraparon todo mi interés: psicoanálisis y sistema nervioso. Estaba hondamente impresionado con la sencillez pero enorme poder explicativo de la teoría topográfica freudiana. El inconsciente, el preconsciente y el consciente. El ello, el yo y el superyó. Era el complemento perfecto a la ideología de Erich Fromm a la que, desde entonces, le tenía ya gran entusiasmo y admiración. Con respecto al sistema nervioso, sentí también mucha admiración y gusto por su complejidad y estructura. Cómo es una neurona, qué más hay aparte del cerebro, el famoso modelo de “llave-cerradura” de los complejos neurotransmisor-receptor...

Me recuerdo yendo a la Biblioteca Central a fotocopiar todo un libro general sobre Psicología. El Davidoff. Se volvió mi libro favorito. También me recuerdo abordando a la profesora de Psicología después de las clases, sólo para comentar los puntos que me parecían más interesantes tanto del psicoanálisis como del sistema nervioso. Bendita mujer, que me tuvo una paciencia gigantesca. Con los años llegó a ser la directora del plantel.

Eventualmente, logré terminar todas las materias del bachillerato, e hice el examen para ingresar a Ciudad Universitaria. Todavía me da orgullo presumir que el puntaje que logré en ese examen superó con holgura el mínimo requerido para cualquiera de las carreras de mayor demanda. De los más de tres mil solicitantes, yo me quedé con uno de los setenta y tantos lugares que se ofrecieron para la Facultad de Psicología. En septiembre de 2002 empecé el primer semestre.

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* Cosas curiosas de la historia: el mismo día en el que nosotros estábamos desconcertados por la toma de nuestra escuela, en Estados Unidos dos chamacos de más o menos nuestra misma edad, que escuchaban la misma música que nosotros escuchábamos, entraron a su propia escuela, armados hasta los dientes, e hicieron lo que ahora se conoce como la Masacre de Columbine. Recuerdo que la noticia fue un tanto marginal en el noticiario de la noche, porque la gran noticia era la recién comenzada huelga en la UNAM.

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