El fotógrafo dicharachero

De repente olvidamos documentarlo todo.

Antes cargabas con una cámara para todos lados, ¿te acuerdas? Primero fue esa Sony Cybershot enorme, al menos para los estándares de ahora, que conseguiste a muy buen precio en un Target. Se la prestaste a [amigo que "se apuraba" con su trabajo, pero no parecía avanzar] y jamás la volviste a ver. Después vino la Fuji Finepix, que conseguiste baratísima en alguna subasta en internet. Eran los tiempos en los que la mayoría de los teléfonos móviles sólo servían para hacer llamadas y recibir mensajes, y los pocos aparatos que tenían cámara hacían fotos horribles. 

Lo fotografiabas todo. Y a todos. A todos. ¿Cuánta gente del laboratorio quería meterse debajo de una mesa en cuanto te veía, porque sabía que era muy probable que le tocara sesión de fotos, que los persiguieras con la cámara? "El fotógrafo dicharachero" te llamaba [nunca supe su nombre real], la investigadora española que estuvo de estancia. A ella le sacaste cien fotos. Qué paciencia de aquella bendita mujer.

Lo que más te gustaba eran las fotos espontáneas. Porque no sólo era sacar fotos a lo tonto. No. Querías capturar la esencia de la gente. Querías que cada foto fuera un instante congelado en el tiempo, que cada foto de cada persona pudiera hacerte sentir, veinte años después, que estabas ahí con esa persona, viéndole reír, platicar, quejarse, aburrirse. Llorar no; siempre respetaste la confianza e intimidad de quienes decidieron llorar contigo. 

Claro, que a veces no bastaban las fotos para capturar los momentos. Para eso sacabas videos cortos. ¡Hiciste tantos! Bastantes de ellos, de la vida en el laboratorio. Es obvio; pasabas mucho más tiempo en ese laboratorio que en tu propia casa (en la que vivías con gente del laboratorio, por cierto). Ahí están [amiga a la que te albureaste una vez con la palabra 'asterisco'] tratando de esquivar tu cámara mientras exclama "¡YAAAAA!", [amiga con la que tuviste un gran crush; alguna vez te amenazó con unas tijeras] diciéndote en cada uno de veinte videos "güey, eres súper tonto", [amigo cuyo pasatiempo también era joder a los demás] aprovechando que estás grabando para molestar a alguien más, [amiga que jamás superó su fallida relación de diez años] escondiéndose en el cuarto de las tinciones para huir de tu cámara... ¿No te da vergüenza haber sido tan fastidioso?

Claro que no, no te da. 



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